Una figura sin rostro, cuya cabeza se transforma en una vela encendida, sostiene delicadamente un helado que desafía la lógica de la escena. Entre la cera que se derrite y la ligereza del gelato, la obra explora la fugacidad de la existencia, los deseos pasajeros y la belleza que se encuentra en aquello que, inevitablemente, se desvanece con el paso del tiempo.
